Cuando vine a Ancient Oaks el pasado diciembre, durante mi visita a Baltimore, sentí como si la tierra me estuviera llamando, pidiéndome venir y estar aquí, ser parte de ella. En aquel viaje solamente podía permanecer en la granja durante unas pocas horas. Cuando me fui, el sentimiento se quedó conmigo y sabía que regresaría. Unos meses después pude regresar hacia el final del invierno, cuando la naturaleza es silenciosa y duerme bajo una colcha de nieve. Aún así escuché como si algo estuviera silenciosamente hablándome. Cuando el clima calentó y la nieve se derritió, la voz fue más fuerte, creciendo con el pasto, el bosque y el jardín, a medida que cobraban nueva vida y se volvieron verdes otra vez. Ahora, justo después del solsticio de verano, aquella silenciosa voz se ha convertido en un canto gozoso, una canción cantada por todos los seres que han hecho de Ancient Oaks su hogar–las personas, las plantas, las vacas; la vida salvaje, los espíritus de la naturaleza, los devas y seres espirituales. Es una canción que envuelve a y de la que son parte aquellos de nosotros que vivimos aquí y todos los que visitan o ayudan desde lejos.